Cómo es el discreto restaurante alemán que tiene una vista privilegiada y conserva un legado tradicional
Buenos Aires esconde algunos de sus mejores paisajes en las alturas de edificios sin cartel. Y solo quienes cuentan con el dato preciso logran acceder. Uno de los secretos mejor guardados, aunque t...
Buenos Aires esconde algunos de sus mejores paisajes en las alturas de edificios sin cartel. Y solo quienes cuentan con el dato preciso logran acceder. Uno de los secretos mejor guardados, aunque también, más tradicionales de los mediodías y noches de la Avenida Corrientes, es el restaurante del Club Alemán (Deustcher Klub).
La institución que ocupa ese edificio nació en 1855 como una asociación de gimnasia fundada por inmigrantes alemanes. Más de 170 años después, atravesó una guerra mundial, una expropiación y una reconstrucción desde cero antes de convertirse en lo que es hoy: un club con salones culturales, oficinas de empresas alemanas y, un piso más arriba, una salón con vista que combina especialidades germanas y cocina internacional clásica. Juan Carlos Stupp, socio de la institución y operador del restaurante desde su reapertura pospandemia, cuenta esa historia.
Expropiación y reconstrucciónEl Club Alemán llegó a tener 700 socios a fines del siglo XIX y una sede propia sobre la Avenida Córdoba, en un edificio que hoy ocupa la Fuerza Aérea. Esa historia se interrumpió al final de la Segunda Guerra Mundial.
El 27 de marzo de 1945, el mismo día en que el gobierno de facto de Edelmiro Farrell declaró la guerra a Alemania, otro decreto retiró la personería jurídica a las empresas e instituciones alemanas del país y dispuso el embargo de sus bienes, títulos y valores. “Consecuentemente, expropió todas las instituciones alemanas”, resume Stupp.
La administración de los bienes confiscados se sostuvo durante la presidencia de Juan Domingo Perón, entre 1946 y 1955, mientras el club funcionaba sin sede propia. Los años siguientes estuvieron marcados por el litigio contra el Estado hasta alcanzar un acuerdo de reparación.
“El arreglo incluía este terreno y otra parte en dinero”, explica el operador del restaurante. Esa indemnización permitió construir la sede actual de Avenida Corrientes 327, inaugurada entre 1970 y 1972.
Un edificio pionero en el corazón del microcentroPara levantar la nueva sede se convocó a un concurso de arquitectura en 1968. El ganador fue el estudio de Mario Roberto Álvarez, uno de los arquitectos más reconocidos del país. “Este fue el primer edificio que se hizo en el país con perfilería de aluminio, con doble vidrio y con calefacción central”, cuenta Stupp.
Bajo los antepechos se ocultaba un sistema de fan coil que permitía calefaccionar y refrigerar el edificio de manera centralizada, una tecnología innovadora para la Argentina de esos años que con el tiempo dejó de utilizarse por sus costos.
“Es un edificio emblemático, con estructura central y con todo el perímetro vidriado”, describe Stupp. La torre cuenta además con tres subsuelos de cocheras. En sus comienzos, el Club Alemán ocupaba cinco pisos completos: del 20 al 24. Con el paso de los años, varias empresas alemanas fueron comprando parte de esos espacios.
Hoy, la torre mantiene ese perfil institucional. Allí funcionan, entre otras organizaciones, el Goethe-Institut y la Cámara de Industria y Comercio Argentino-Alemana. El club conserva actividad en el piso 21, donde se realizan eventos culturales y vernissages, mientras que el restaurante ocupa el piso 22, con acceso por escalera desde el salón inferior.
De club de hombres a un restaurante abierto al públicoDurante más de un siglo, el Club Alemán funcionó puertas adentro. Nació como un espacio deportivo y social vinculado a la Congregación Evangélica Alemana. “También era la época en que los clubes eran solo para hombres”, explica Stupp. Cuando el club llegó al edificio actual de Avenida Corrientes, esa modalidad continuaba vigente. El restaurante funcionaba como un beneficio reservado para los socios. “No podía ingresar nadie que no fuera socio”, recuerda.
La presencia de las empresas alemanas que fueron adquiriendo oficinas dentro del edificio —Bayer, Siemens y BASF, entre otras— reforzaron la identidad de la Torre Alemana y fueron semillero de nuevos socios para el Club.
El cambio llegó en el año 2000, cuando se modificó el estatuto para recibir socias mujeres y también abrir las puertas a toda la comunidad. “A partir de entonces, el acceso comenzó a flexibilizarse y los socios pudieron llevar invitados”, explica Stupp. Esa evolución también impactó en el restaurante, que entonces abrió sus puertas al público general. Los socios conservaron beneficios como descuentos importantes en consumos y prioridad para reservar.
Un restaurante escondido con dos vistas privilegiadas de la ciudadHoy, el salón del restaurante tiene capacidad para 90 personas y funciona como un espacio independiente dentro de la torre. Las mesas más buscadas son las ubicadas junto a los ventanales: unas miran hacia Puerto Madero y el Río de la Plata; otras, hacia Avenida Corrientes. “Las dos vistas compiten de igual a igual”, dice el operador y agregá que “de noche hay que ver la vista de la Avenida Corrientes iluminada, porque es fantástica, es sensacional”.
El edificio no tiene balcones ni espacios exteriores, por lo que toda la experiencia transcurre detrás del vidrio que caracteriza la arquitectura de Mario Roberto Álvarez.
El público actual ya no está compuesto únicamente por integrantes de la colectividad alemana. Llegan profesionales de la zona, parejas que buscan un lugar tranquilo, grupos que celebran cumpleaños o reuniones laborales.
La tradición del KozelessenEl Kozelessen nació a partir de un legado de Friedrich Kozel, un socio del club que, antes de regresar a Alemania a comienzos del siglo XX, dejó una suma en oro para establecer una tradición hacia las futuras generaciones: que todos los socios se reunieran en una cena de camaradería con el motivo de celebrar su cumpleaños, aun cuando él ya no estuviera presente. La fecha era el 3 de noviembre y la única condición era asistir vestido de etiqueta.
Durante varias décadas, el Club Alemán sostuvo económicamente esa celebración, pero la tradición mutó hasta fusionarse con otro hito histórico: el aniversario de la fundación del Club. Ya no es obligatorio que los hombres vistan de esmoquin y ya no es una fiesta privada para miembros sino un evento del que pueden participar quienes compran su entrada. Hoy, la celebración combina gastronomía de inspiración alemana, música en vivo, bailes tradicionales y una selección de vinos en la que el Riesling sigue ocupando un lugar infaltable.
El último encuentro se realizó el sábado 6 de diciembre de 2025 bajo el nombre KozelessenFest, en homenaje al 170º aniversario del club. Participaron socios y amigos de la institución y la entrada consistió, acorde a los tiempos, en una contribución con descuentos especiales para socios e invitados. La celebración reunió gastronomía alemana, música y vinos, en una versión actualizada de la tradicional Kozelessen.
También, en el marco del aniversario del Deustcher Klub, la Legislatura porteña otorgó a la institución un reconocimiento por el aporte histórico a la vida social, cultural e institucional de de Buenos Aires. La distinción, entregada en el Salón Berlín, fue recibida por el actual presidente del Club Alemán, Matías Schweiger, junto con miembros de la comisión directiva.
Knackwurst, Kartoffelsalat y GoulashLa carta del restaurante combina un menú internacional clásico con especialidades alemanas. Entre los platos aparecen variedades de salchichas —de Viena, húngara y la blanca tradicional de Múnich— acompañadas por kartoffelsalat, la ensalada alemana de papas. También se sirve knackwurst, presentada en la carta como “chorizo alemán”, junto con chucrut.
Varias de esas recetas tienen una historia familiar para Stupp. Su abuela era de un pueblo cercano a Koblenz y algunas preparaciones llegaron a través de esa tradición. “Hay muchas cosas que heredé de mi abuela, como la ensalada de papas que preparo”, cuenta.
Otro de los platos más pedidos es el goulash alemán (Rindergulasch), un guiso de origen centroeuropeo adaptado al gusto argentino. En algún momento salió del menú, pero tuvo que volver por pedido de los clientes. “No lo puedo hacer tan picante como originalmente se come porque la gente acá no lo tolera”, explica.
Toda la panaficación que se sirve, tanto en el restaurante como en la cafetería, se elabora en el lugar. Al mediodía se ofrece un menú fijo con plato principal, postre, bebida y café, con ocho opciones de plato y seis de postre, a $52.500. Por la noche, el ticket promedio ronda los $60.000 por persona, sin vino.
El restaurante abre de lunes a miércoles hasta las 19; los jueves y viernes permanece abierto hasta la medianoche o hasta que se retira el último comensal. La cafetería y barra, ubicada en la entrada, funciona desde las 8 de la mañana. No se cobra cubierto. “Lo que ves en la carta es lo que pagás”, resume Stupp.
Para las mesas con vista a Puerto Madero o Avenida Corrientes conviene reservar con anticipación dado que hay pocas y son las primeras en ocuparse. La información y reservas se gestionan a través de Instagram en @clubalemanresto.
El próximo evento especial será el 30 de julio, cuando se celebrará una noche temática tailandesa organizada junto con chefs enviados por la Embajada de Tailandia y en articulación con la Cámara de Comercio Argentino-Asiática.