Crianza: la respuesta adecuada ante el arrebato de los chicos
Nuestros hijos hacen cosas que no están bie...
Nuestros hijos hacen cosas que no están bien: empujan, pegan portazos, nos faltan el respeto, no hacen caso, insultan, no se hacen cargo de sus responsabilidades. Antes de enojarnos y reaccionar tan impulsivamente como ellos, abramos nuestra mente para entender que tienen una buena razón para haber hecho lo que hicieron o haber dicho lo que dijeron. Es fácil reconocerlo, incluso celebrarlo, cuando estamos contentos con lo que hicieron, como ponerse a estudiar dos días antes de la prueba para que no les falte tiempo, compartir con su hermanita los caramelos que trajo del cumple, ordenar su cuarto…
Pero muy a menudo tienen reacciones que despiertan enojo o nuestro miedo, hacen cosas que no entendemos, que nos desilusionan u ofenden, y rápidamente, sin tomarnos el tiempo para pensar, respondemos desde eso que sentimos y con nuestra reacción agravamos el problema en lugar de resolverlo o ayudarlos a resolverlo.
Somos adultos y podemos aprender a modular nuestra respuesta, con el agregado de que al hacerlo somos ejemplo para ellos de conducta modulada, integrada. En cambio, cuando se nos “vuelan los pájaros”, nuestro modelo resulta tan impulsivo y reactivo como el de ellos y refuerza en nuestros hijos esa forma de reaccionar, que no es lo que buscamos.
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Esa “buena” razón quizás no lo sea para nosotros, pero sí lo es para ellos. También los adultos podemos tener acciones o palabras inadecuadas por una “buena” razón. Aquello que nos lleva al grito, al portazo, a la mala contestación, a una respuesta impulsiva… Las acciones no vienen de la nada, tienen una historia, un motivo, un sentido, que vale la pena comprender antes de responder, muy especialmente en el caso de nuestros hijos.
Cuando simplemente nos enojamos o los retamos, probablemente avivemos el fuego de esa “buena razón”. En cambio, si podemos tomarnos unos instantes para tratar de entenderla, ellos luego podrán escucharnos.
Eso no significa que todo vale, ni que tengamos que disculpar todas sus acciones o palabras. Puede que estas no sean correctas ni adecuadas, y que tengamos que retarlos o imponerles una consecuencia por lo que hicieron o dijeron. Pero evaluar sus palabras o sus conductas buscando, antes de responderles, esa “buena” razón nos da la oportunidad de salir de una respuesta reactiva, impulsiva, que seguramente sería tan o más inadecuada que la de nuestro hijo. Al entender, podríamos salir del enojo, del grito, de la crítica, de la penitencia, incluso de la ofensa o de la desilusión.
La buena razónCuando no buscamos ni vemos esa buena razón, nuestro cerebro primitivo se activa y apaga la corteza que piensa –a través de acortar la respiración–, muy útil en la selva o cuando estamos en riesgo real. Se pone al ataque, a la defensiva o se paraliza. Al entenderlo, podemos retomar la respiración profunda, no dejarnos contagiar ni arrastrar por nuestro cerebro primitivo ni el de nuestros hijos. Podemos serenarnos, tratar de entender antes de responder, ser modelo para ellos de respuesta integrada, pensada, y encontrar el mejor camino para ayudarlos a dominar su propio cerebro primitivo, a integrarlo. Al acordarnos de respirar hondo y de tratar de comprender esa buena razón, podemos abrirnos a dar nuevas respuestas, que lleguen a ellos aplacando su cerebro primitivo y sus reacciones inadecuadas, de modo que puedan escucharnos habiéndose sentido escuchados y comprendidos.
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Veámoslo en ejemplos: Juan (4) empuja a su hermanito menor… porque acaba de romper el castillo que él hizo con gran esfuerzo; Inés (9) tira al piso la carpeta de matemática porque no le salen los ejercicios; Mariano (14) le grita al papá… ante la frustración de no haber sido convocado para el partido del domingo; Teresa (12) revolea los ojos a su mamá… porque detesta que le recuerde lo que tiene que hacer. Pedro (40) contesta mal a su mujer cuando llega… porque se siente en falta por llegar tarde.
Nuestra tarea es educar a nuestros hijos y lograr que hagan las cosas bien, que se fortalezcan y que tengan recursos para responder desde su cerebro integrado en lugar de reaccionar desde su cerebro primitivo. Probablemente no hayamos aprendido esto de chicos, y por eso nuestra respuesta automática sea castigar, gritar, culpabilizar, amenazar, pero hoy podemos hacer algo diferente, tomarnos el tiempo para encontrar esa buena razón de la que hablo que, cuando la encontramos, nos permite acompañarlos desde nuestro cerebro integrado, desde la corteza, la parte más humana de nuestro cerebro, comprender lo que les pasa (enojo, dolor, frustración, ofensa, etc.) sin dejar de poner límites e imponer consecuencias a conductas o palabras inadecuadas.