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El Mundial y el regreso a la infancia

El tiempo pasó como un rayo: pasaron cuatro años de la heroica victoria argentina en Qatar y ya estamos dentro de un nuevo Mundial de fútbol. Eso basta para que todos nos volvamos a probar el tr...

El Mundial y el regreso a la infancia

El tiempo pasó como un rayo: pasaron cuatro años de la heroica victoria argentina en Qatar y ya estamos dentro de un nuevo Mundial de fútbol. Eso basta para que todos nos volvamos a probar el tr...

El tiempo pasó como un rayo: pasaron cuatro años de la heroica victoria argentina en Qatar y ya estamos dentro de un nuevo Mundial de fútbol. Eso basta para que todos nos volvamos a probar el traje de DT. No solo para comentar la previa del debut de la Scaloneta. Ayer, sin ir más lejos, los errores de “la Roja” española alimentaron la ansiedad: “¿Qué espera para ponerlo a Yamal?”, le reclamaba más de uno al técnico De la Fuente desde la lejana Buenos Aires. Recién a los 27’ del segundo tiempo ingresó el joven Lamine, pero no evitó el empate sin goles.

No me atrevo a tanto. Disfruté mucho del juego desde la infancia hasta los primeros años de la juventud. Fui siempre hincha de Boca Juniors y seguía los partidos del Xeneize los domingos a la tarde por la radio. Pero no pasé de ahí. Hace tiempo que cuando me preguntan de qué cuadro soy hincha (con cierta curiosidad, dado que no suelo hablar de fútbol), mi respuesta no varía: “De Boca, pero no ejerzo”.

Lo que no me impide ser parte de los que podríamos llamar “mundialistas”. Aquellos que, en estas competencias, disfrutamos del buen fútbol, comentamos y seguimos a la selección en cualquier horario. Decía que no me atrevo a tanto como para pedir un cambio en medio de un partido o discutir qué jugador debería reemplazar a un lesionado o expulsado en la siguiente fecha. Pero algo del conocimiento del juego conservo. Y sobre todo el deseo: esa sensación que, aun a cierta edad, nos invade el cuerpo y nos hace pensar en un imposible como volver a patear una pelota.

No sé ustedes, pero yo no puedo evitar aconsejar al “enganche” a quién debe pasarle el balón, en qué momento debe patear al arco quien la recibe o de qué manera resolver el final a quien le toque estar frente al arquero. Aquel famoso “era por abajo, Palacios”, cuando en la final de 2014 frente a Alemania el pobre Rodrigo erró una jugada que habría sido decisiva si la emboquillada no le hubiera fallado. Siempre pienso lo mismo: qué fácil es pensar la jugada a kilómetros de distancia y sin el aliento feroz de los zagueros en la nuca…

Podemos, sí, aconsejarle a Palacios que no se lo tome tan a pecho. Mucho peor la pasó Moacyr Barbosa, el arquero de la selección brasileña a quien se le adjudicó la derrota en el Maracanazo ante Uruguay. Ezequiel Fernández Moores contó de forma magistral la historia en este diario. El oriental Alcides Ghiggia “sorprendió a Barbosa, quien intuyó centro atrás y descuidó el primer palo. Fue el 2-1. El gol acaso más mítico en la historia de los mundiales”. Barbosa fue condenado al ostracismo y la pobreza por toda la sociedad hasta su muerte, en abril de 2000. El único trabajo que consiguió fue el cuidado de las instalaciones del Maracaná, el lugar de su desgracia. “Cuida los palos, Barbosa/ del arco de Brasil/ la condena del Maracaná/ se paga hasta morir”, canta el montevideano Tabaré Cardozo.

Como vemos, desde siempre, en el fútbol rigen tanto el trabajo sistemático del equipo como las estrategias del cuerpo técnico y, sobre todo, la habilidad de los atletas que entran a la cancha. Pero también “lo impensado”, en palabras de Dante Panzeri. ¿Qué habría pasado si en la heroica final de Qatar Dibu Martínez, en el minuto 123, no tapaba el remate del francés Muani, condenándonos al segundo puesto?

En un libro sobre las cábalas en el fútbol, el colega Ricardo Gotta repasa algunas historias increíbles sobre esas herramientas que buscan torcer el azar. Y cita a varios escritores que valoraron este deporte. “El fútbol es la recuperación semanal de la infancia”, dijo el español Javier Marías. “Para mí –explicó el mexicano Juan Villoro–, las canchas tienen un sótano poblado de supersticiones, complejos, fobias, dramas, esperanzas. Algo ilocalizable y oscuro”. Lo dijo, recuerda Gotta, antes de entrar a la cancha de Boca para ver un superclásico. El uruguayo Eduardo Galeano rescató el disfrute: “Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival… por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”.

Que así sea.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-mundial-y-el-regreso-a-la-infancia-nid16062026/

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