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Festival de San Sebastián: la Argentina de los “muertos tristes”, según Mariana Enriquez

En los relatos de Mariana Enriquez (Buenos Aires, 52 años) hay terror y hay cotidianidad; sus textos superan un elemento sobrenatural que empapa la vida de sus protagonistas. El cine de Pablo Larr...

Festival de San Sebastián: la Argentina de los “muertos tristes”, según Mariana Enriquez

En los relatos de Mariana Enriquez (Buenos Aires, 52 años) hay terror y hay cotidianidad; sus textos superan un elemento sobrenatural que empapa la vida de sus protagonistas. El cine de Pablo Larr...

En los relatos de Mariana Enriquez (Buenos Aires, 52 años) hay terror y hay cotidianidad; sus textos superan un elemento sobrenatural que empapa la vida de sus protagonistas. El cine de Pablo Larraín (Santiago de Chile, 50 años) se alimenta de fantasmas emocionales, sus personajes suelen habitar atmósferas gélidas, a menudo vacías. Ambos creadores estaban llamados a cruzar sus pasos, y el resultado es poderoso: Mis muertos tristes concursa en el festival de San Sebastián antes de su estreno en formato miniserie de cuatro episodios en Netflix este jueves 24. Y no, no hay ninguna diferencia entre ambas versiones: sencillamente han eliminado los créditos finales de cada episodio.

Mis muertos tristes toma el nombre de un relato de Enriquez y vertebra su narrativa, aunque Larraín también ha picoteado personajes e ideas de otros dos relatos: Julie y Un lugar soleado para gente sombría. Sentados en un inmenso sofá en una no menos gigantesca suite del hotel María Cristina, el decorado que rodea a los dos artistas ayuda a hablar de fantasmas.

La escritora recuerda el inicio del proyecto: “Pablo vino a Buenos Aires un verano. En ese momento estaba la ciudad bajo una epidemia de dengue y se había agotado el repelente. Y justo antes de volar le envié un mensaje: ‘trae repelente’ . Así que nos encerramos en un departamento tratando de que no entraran los mosquitos y con solo unos pequeños recipientes de repelente, que logré de no sé dónde. Y este lograr algo bajo cuerda es una cosa muy argentina. Ese detalle inauguró el tono. Porque empezamos a trabajar en esta historia de mujeres que atraviesan un montón de precariedades en una vida de barrio, con un montón de estrategias de supervivencia. Pablo y yo estuvimos dos días nada más”. Y el resto fue a distancia, apunta Larraín: “Es que en un momento dado Mariana se mudó a vivir a Tasmania, y la cosa se complicó un poco por los horarios ”.

Larraín no entiende las historias sin personajes. “Necesito agarrarme a uno para iniciarlas”, cuenta. En este caso, Ema, una médica de 60 años recién jubilada que puede ver y escuchar a los muertos. Tras el fallecimiento de su madre, recibe en casa a su sobrina Julie, que posee el mismo don. A la vez, el asesinato de tres adolescentes en el barrio de Piedrabuena, un distrito desfavorecido del gran Buenos Aires, provoca una irrupción de presencias. Ya no hay frontera que separe a los vivos de los muertos. Comencé a escribir y corriendo llamé a Mariana: ‘¿Ema siempre fue así o le pasó?’. ‘Ve los muertos desde que nació’, me respondió. Y con eso ya construí a Ema. No sufría de un estado, sino que es una condición”.

El cineasta chileno explica que el giro fundamental radica en cómo se viven esas apariciones. “Hay un cambio en el punto de vista. Ahora es el muerto el que viene a pedir que no lo olviden. La memoria de ese fantasma también está en juego. Empezamos a pensar también que hay una razón por la cual la muerte se manifiesta”.

Enriquez, gran experta en el género, desgrana: “En las historias de fantasmas, un muerto viene del pasado a reclamar ‘una injusticia’, retorna a pedir algo. Por eso puedes hacer hasta una lectura política del cuento de miedo o del cuento folclórico. Ahora bien, la reparación es imposible porque tendría que haber ocurrido en vida. No se puede arreglar y que desaparezca como suele hacerse en los relatos clásicos de fantasmas. En Mis muertos tristes siguen en este mundo; aquí Ema no los calma, sencillamente negocia con ellos”.

El paisaje importa. Y mucho. “Esos bloques, esos edificios también existen en Chile, fueron un orgullo para nuestros países. Y luego fueron olvidados y se convirtieron en el patio de atrás de una ciudad. Conforman un paisaje físico, también político. Todo lo que tiene relación con la memoria es complejo. Y más en países como los nuestros y España, cuya relación con las políticas sobre la memoria es, cuanto menos, difícil. Por eso es innegable no ver esa lectura”, ahonda Larraín.

Enriquez sigue por esta reflexión: “El olvido y la desmemoria son una cuestión política. Aquí cuando el muerto reacciona, se empodera. Además, las protagonistas son mujeres. Mira, si uno trabaja con la mujer y con la mirada de la mujer, rápidamente se va hacia el gótico, hacia lo fantástico. Porque, históricamente, se envió a ese lugar la sensibilidad de la mujer. Esta aparentemente irracional Ema, los cuentos de criadas, la definición masculina de las brujas, todas esas que no pueden tomar decisiones racionales porque su propia naturaleza hace que esté medio loca... Entiéndeme la cavilación”. Todas acabaron en el mismo saco, efectivamente, en una cultura masculina.

Para la construcción visual de los muertos en pantalla, desde dibujados, borrados más que esbozados, Larraín se inspiró en la obra de Gerhard Richter, artista con otro poderoso poso político.

En ese momento se adentra Enriquez: “La lectura que cada espectador haga de esta serie es propia y pertinente”. ¿Es Mis muertos tristes un retrato de la Argentina actual, llena de ciudadanos zombies? “Creo que es algo muy estructural. Para mí, es la misma Argentina de 1978, o la que en 1982 salió en masa a defender la guerra de los dictadores, o la Argentina de 1989 de la hiperinflación, que parecía una sociedad alucinada. Hubo un proyecto de país con democracia social, con salud y una universidad pública. Un ideal que se derrumbó con las dictaduras. Vivimos en un loop, y hay momentos en que parece que vamos a estar un poco mejor. Y luego vuelve a caer. Por eso también lo del loop que sufren los fantasmas. Porque hablamos de una crisis social profunda y estructural que se repite. No es un retrato del presente, es una estructura que desemboca aquí. Ocurrió en el pasado y volverá a pasar”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/festival-de-san-sebastian-la-argentina-de-los-muertos-tristes-segun-mariana-enriquez-nid22092026/

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