Murió a los 97 años el pintor Carlos Alonso, el último gran maestro argentino del siglo XX
A los 97 años murió esta madrugada el artista Carlos Alonso en su casa de Unquillo, según informó con profundo dolor y gratitud su familia en redes sociales. “Su obra y su legado permanecerá...
A los 97 años murió esta madrugada el artista Carlos Alonso en su casa de Unquillo, según informó con profundo dolor y gratitud su familia en redes sociales. “Su obra y su legado permanecerán siempre”. En su vida hubo dolor personal y social, hubo compromiso y, siempre, hubo pintura.
Su gran retrospectiva se expuso en 2019 en el Museo Nacional de Bellas Artes: hacía casi treinta años que no se realizaba una revisión completa de su obra. Un año antes realizó -también en Buenos Aires- Vida de pintor (como el megalibro que le dedicó el coleccionista Andrés Buhar), en Colección Fortabat, donde hizo un homenaje a sus maestros, amigos y a su propia pasión por un oficio con el que exorcizó demonios, bramó, amó, fue amado, viajó y lloró más de una vez. Alonso fue artista casi desde la cuna y a eso dedicó su vida, como un apasionado testigo de su tiempo, a la vez que un poeta de la línea y el color.
Había nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929, y su infancia transcurrió en la chacra de sus abuelos. “Hijo mayor de una típica familia argentina, desde los cinco años me pasé muchas horas dibujando tirado de panza en el suelo”, recordaba. Su espíritu rebelde, contestatario, ya se manifestaba: “Recuerdo que dibujaba en todas las clases menos en la de dibujo, porque el dibujo académico me abrumaba”.
A partir de 1944 realizó sus estudios en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo. En 1949 realizó, con éxito, su primera exposición en la Galería Giménez de Mendoza. Recibió su primer premio en el Salón de Estudiantes de 1947. Allí fue alumno de Sergio Sergi en dibujo y grabado, Lorenzo Domínguez en escultura y Francisco Bernareggi y Ramón Gómez Cornet en pintura. En 1950 viajó a Tucumán y formó parte del grupo de Lino E. Spilimbergo en la universidad de esa provincia. Antes de partir sufrió la primera gran pérdida en su vida, la de su padre, que había apoyado siempre su vocación.
En el Instituto Superior de Artes se reunieron los que como Alonso habían sido expulsados de otras escuelas de bellas artes tanto de Mendoza como de Buenos Aires por las nuevas políticas impuestas por el peronismo. Tuvo maestros como Lorenzo Domínguez en escultura, Pompeyo Audivert en grabado, Ramón Gómez Cornet en dibujo, Lajos Szalay en gráfica y diseño, y Spilimbergo, su querido Lino E. Spilimbergo, en pintura. Entre los estudiantes estaban Juan Carlos de la Motta, Eduardo Audivert, Leonor Vassena y Alfredo Portillos. Las enseñanzas de Spilimbergo continuaban en largas veladas bohemias en los cafés El Celta y La Cochera, donde se extendían los debates y reflexiones entre maestros y alumnos. “La universidad de Tucumán era una especie de isla donde se respiraba otro clima. Allí en contraposición con un clima de chatura cultural, se anunciaba un gran movimiento de renovación de las artes plásticas”, dijo Alonso. Lo fundamental que transmitía Spilimbergo era “el ejercicio de la libertad del artista”.
“Año a año comenzaron a encontrarse Alonso, Spilimbergo, Berni, Gómez Cornet, Castagnino y algunos otros en Río Hondo para pasar unos días trabajando en contacto con la tierra y la gente del interior del país, contando además con la posibilidad de confrontar trabajos y prácticas. También a lo largo de 1961 compartieron Alonso y Spilimbergo encuentros en París”, dice Diana Weschler en el catálogo de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, donde se atesora uno de los tantos retratos que hizo de su maestro. Son fundantes esas temporadas en Santiago del Estero con Berni, quien en ese momento trabajaba el collage para Juanito Laguna, Castagnino, cuya práctica gestual se apropiaba de la aguada japonesa, y el admirado Spilimbergo.
Alonso irrumpió en el panorama artístico de los años 60 del siglo XX con vigor inusitado. Alonso ya era Alonso de muy joven y el éxito de ventas y reconocimiento le llegó temprano, pero supo sostenerlo a lo largo de toda una vida. En 1951 ganó el primer premio del Salón de Pintura de San Rafael (Mendoza), el del Salón del Norte (Santiago del Estero) y el de dibujo en el Salón del Norte (Tucumán). En 1952 el dueño de la Galería Viau de Buenos Aires –donde conoció al pintor Luis Seoane y al poeta Varela–, le otorgó una beca para Francia y España con el compromiso de una muestra a su regreso.
Su otra gran vertiente para su creatividad fue la ilustración de clásicos. En 1957 fue el ganador del concurso convocado por la editorial Emecé para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha (la primera parte había sido ilustrada por Salvador Dalí) y Martín Fierro (1959), y dos años después obtuvo el Premio Chantal del Salón de Acuarelistas y Grabadores de Buenos Aires. En 1968 viajó a Florencia para trabajar en las ilustraciones de la Divina Comedia, de Dante Alighieri.
En 1963 se editaron en la Unión Soviética unas tarjetas postales con imágenes de “El Quijote”. Para las ilustraciones eligieron a Gustave Doré, Honoré Daumier, Pablo Picasso y Carlos Alonso. Más tarde, fue expulsado del partido porque no se sujetaba a las estrictas normas del realismo soviético.
Su línea es angulosa, pero tajante. Su dibujo es reconociblemente suyo. Su producción se inscribe en la corriente neofigurativa desestructurada con la gestualidad del informalismo. Incorpora la simultaneidad de la imagen, el uso de la narrativa fílmica, del cómic, del pop, la ruptura del plano y el color independizado del dibujo. Un nuevo realismo esencialmente simbólico, y libre, siempre libre.
“Cuando el arte argentino pierde todo sentido, Alonso se zambulle en los abismos de la condición humana, se vuelve temporal, histórico, crítico, ético”, escribió Marta Traba en 1973. En 1969 comenzó la serie Lección de anatomía, variaciones sobre la obra de Rembrandt que tienen como trasfondo la ejecución del Che Guevara y las fotos en las que se lo exhibe muerto sobre una mesa. Ya había comenzado una importante vertiente de su obra en donde la simbiosis vaca-hombre y la violencia sobre el cuerpo son recurrentes vías para hablar de la realidad argentina. Se inició con tres collages de 1965, contemporáneos de las ilustraciones que hizo para El matadero, de Esteban Echeverría. En 1972 retomó el tema, que expuso en 1973 en la Galería Giulia, de Roma, y en abril de 1976 —un mes después del golpe de Estado— presentó en la Art Gallery International la muestra titulada El ganado y lo perdido. Entonces, se produjo una amenaza de bomba y se desalojó la galería. Simultáneamente elaboró una instalación con figuras tridimensionales de tamaño natural bajo el título Manos anónimas, hoy desaparecida. Pero debió partir al exilio, junto con su mujer Teresa y su hijo Pablo, recién nacido. En 1977 con la desaparición de su hija Paloma y el artista afirmará: “Quedé desconectado de la realidad... A pesar de salvar la vida quedé sin patria, sin fuentes”. En 1981, Alonso regresó a la Argentina y se instaló en la provincia de Córdoba, donde residió hasta su muerte.
Desde entonces, expuso en múltiples muestras en galerías e instituciones del país y el exterior, y obtuvo numerosas distinciones. Participó de la Bienal de La Habana de 1984, donde obtuvo el Premio Orozco, Rivera y Siqueiros. En 1990 expuso en el Museo Nacional de Bellas Artes El pintor caminante, obras referidas a la vida de Van Gogh. Realizó el mural Con los pies en la tierra para los lunetos de la cúpula de Galerías Pacífico en 1994. Por esos años, también pintó los paneles centrales en la cúpula del Teatro del Libertador General San Martín en la ciudad de Córdoba.
Fue invitado a la Bienal de Venecia, obtuvo el premio Konex de Platino y se multiplicaron sus exhibiciones en las galerías Palatina, Principium, Zurbarán. En el Centro Cultural Recoleta mostró los dibujos que son testimonio del terrorismo de Estado, donde reconstruye la década crítica. En 2001, con la galería RO, preparó el libro Carlos Alonso. En 2004, Universidad Nacional de tres de Febrero presenta dibujos, óleos y tintas de la serie Hay que comer; en ArteBA, por intermedio de la Galería RO, exhibe los dibujos con la temática del Infierno del Dante, que pasarían luego al Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires y al Museo de Arte Contemporáneo de Salta. En forma simultánea la edición del libro Dante, Alonso compila parte de estos trabajos. En La Plata, en el Salón de los Pasos Perdidos del Senado Bonaerense, exhibe el importante mural Inauguración, que convoca a reflexionar acerca de los fenómenos sociales y las actitudes políticas de los argentinos. En el mes de diciembre, en la Galería RO, conjuntamente con el artista Guillermo Roux, presenta la serie de dibujos Contra la corriente y el Fondo Nacional de las Artes le otorga el premio a su trayectoria. Volvió a trabajar con Roux en una serie de trabajos a cuatro manos, que expusieron en RO y en museos de provincias en 2014.
En los últimos años se inauguraron espacios para atesorar su obra: en Mendoza, la Mansión Stoppel reabrió restaurada después de cuatro décadas de abandono para convertirse en el Museo Carlos Alonso. No será olvidado Alonso, uno de los mayores maestros del arte argentino del último siglo.