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No empujen que hay una criatura

Bueno, a no trabar las puertas, a empujar con delicadeza y a correrse si no se va a bajar en la próxima parada, porque el subte está por salir y con él viaja todo un país que vuelve de hacerse ...

No empujen que hay una criatura

Bueno, a no trabar las puertas, a empujar con delicadeza y a correrse si no se va a bajar en la próxima parada, porque el subte está por salir y con él viaja todo un país que vuelve de hacerse ...

Bueno, a no trabar las puertas, a empujar con delicadeza y a correrse si no se va a bajar en la próxima parada, porque el subte está por salir y con él viaja todo un país que vuelve de hacerse el día. ¿Se agarró los bolsillos? Debería, porque el motorman anunció que hay “pungas a bordo” y con ello encendió las alarmas de todos (salvo de los que van con los auriculares y no saben que su celular está próximo a dejar de estar en su bolsillo).

¿Qué es el subte? Un tren que va por abajo. ¿Qué es el subte porteño? Un símbolo por haber sido el primero de América latina, por tener dos estaciones insólitamente cerca (Alberti Norte y Pasco Sur) y por lograr el mayor embotellamiento humano de todos los tiempos en el nodo (o nudo) de la estación Carlos Pellegrini, donde se cruza todo junto, al mismo tiempo y en el mismo lugar, como una especie de Aleph del transporte.

Cada vez que la puerta se cierra (quizás después de uno, dos o tres intentos, porque algún genio no se da cuenta de que con la mochila hacia atrás traba todo) arranca la emoción de recorrer la ciudad a través de sus entrañas. Arriba va el estudiante que repasa a contrarreloj porque se le viene el parcial; también la lectora que arrastra hace dos días el libro de Stephen King; a su lado el que mueve la cabeza al ritmo de la canción que sale de sus auriculares; y al costado la señora que lleva agarrada la cartera como si llevara los dólares del colchón. Uno junto al otro, en esa masa deforme de cabezas, brazos y piernas, un ciempiés eterno que en sintonía agacha la cabeza cuando el vagón llega a la estación para chequear que no se les pase la parada.

Cuando el vagón lo permite, sube el show: el cantante de rap que pide una palabra a cada pasajero para ir rimando en una improvisación; el guitarrista que hace una seguidilla del rock nacional (infaltable Puente, de Cerati); y el que hace su coreografía en patines. Una vez que pasaron la gorra, cambian de vagón y a lo lejos se escuchan otra vez los acordes de Puente.

¿Dónde están las damas? ¿Y los caballeros? No se pueden bajar sin antes escuchar esta oferta única e irrepetible de un producto que en cualquier quiosco o bazar se encuentra a un precio imposible pero que hoy, y solo por hoy, se puede conseguir directo de fábrica a un valor increíble. Usted puede ver que el producto, en su empaque original, mantiene la calidad de siempre y que es de primera marca. Y hoy, pero solo por hoy, puede llevarlo en una promoción 2x1, ideal para los chicos en edad escolar, para los estudiantes de universidad, para la oficina o el trabajo, para la ama de casa o para regalar.

¿Compró la promo? ¿No? A no preocuparse que volverá mañana, nuevamente, bajo el lema de “solo por hoy”. Mientras tanto, a agarrarse fuerte porque el movimiento del subte es engañoso y se llevó al piso a más de uno. Sin embargo, ojo, hay que agarrarse pero no tocar nada, porque de ese gancho plástico que cuelga del techo se aferró todo un país durante todo el día y ni el científico más valiente se anima a acercarle el microscopio. Ni hablar de los históricos asientos de felpa roja de la Línea B, ahora en retirada, que durante años hicieron dudar a más de uno si sentarse era una buena idea o si iba a quedarse pegado a la tela.

Listo, el tren llegó a la estación. Ahora solo hace falta empujar con respeto y cuidado hacia la libertad. Cada centímetro ganado es un paso más hacia esa ventisca fresca que proviene de la estación; cada empujoncito amistoso, llevándose puesto carteras, mochilas, abrigos, estuches de guitarra y pungas es un pequeño acercamiento hacia la estación. Y aunque el objetivo parezca lejano, voilà, ya se está con los pies fuera del vagón, abajo de ese país andante. Ahora solo resta subir la escalera -la analógica, porque si funciona la mecánica es un milagro― y encarar el camino a casa, a donde usted llegará orgulloso de haber viajado en un símbolo porteño pero con una duda a cuestas: “¿Dónde está mi celular?”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/no-empujen-que-hay-una-criatura-nid21092026/

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